Sortida a Barcino

El dia 18 de desembre de 2018 l’alumnat de la optativa de Llatí i Grec de 1r de batxillerat va anar d’ excursió a Barcelona (Barcino) per visitar el museu d’Història de Barcelona i diverses restes arqueològiques vigents encara en bon estat. El primer lloc que van visitar va ser la Necròpolis, espai on es situen antigues tombes romanes.
A continuació vam visitar una part de l’Aqüeducte que en aquell moment estava en rehabilitació però vam poder sentir informació sobre l’aqüeducte gràcies al professor Xavier Ayllón.
Després vàrem visitar l’entrada del la ciutat de Barcino i una part de la muralla que envoltava la ciutat on encara hi ha parts en molt bon estat i amb punts d’informació on pots aprendre més coses.
L’alumnat de 1r de batxillerat, mentres anava caminant per Barcelona, anava trobant botigues o llocs amb paraules derivades del llatí, com per exemple: Logo, Thales, Decathlon…

Seguidament van anar a veure les restes del temple dedicat a August que va ser construït al final del s. l aC i durant més de quatre-cents anys va presidir el fòrum de la ciutat.
Només queden aquestes tres columnes del temple, el temple tenia el voltant de 26 columnes.
Per últim van fer la vista al Museu d’història de Barcelona, un museu peculiar perquè més de la meitat del museu està sota terra amb moltes restes i objectes per saber cóm vivien, eren i construïen els romans. Gràcies a això vam poder contrastar la informació de les classes amb el museu.
Per acabar de completar el dia vam anar a dinar a un restaurant típic grec (Dionisos) on van gaudir de esquists plats grecs molt bons com per exemple: Formatge Feta, Taramoalata (crema de caviar), Gyros (Carn rostida de porc i tzatziki) Gemista (Pebrot farcit d’arròs) Karidopita (pastis de xocolata amb gelat de mastija) Iogurt grec amb mel o fruites…

Marina Caldés 1r Batxillerat M

Més

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Bacanales

Nonas de octubre: el día que Roma prohibió las bacanales

Bacchanale devant une statue de Pan, Nicolas Poussin, 1633.

El asunto comenzó con la llegada a Etruria de un griego de bajo nacimiento que no poseía ninguna de las numerosas artes que difundió entre nosotros el pueblo que con más éxito cultivó la mente y el cuerpo. Era una especie de practicante de cultos y adivino, pero no de aquellos que inducen a error a los hombres enseñando abiertamente sus supersticiones por dinero, sino un sacerdote de misterios secretos y nocturnos. Al principio, estos se divulgaron solo entre unos pocos; después, empezaron a extenderse tanto entre hombres como entre mujeres, aumentando su atractivo mediante los placeres del vino y los banquetes para aumentar el número de sus seguidores. Una vez el vino, la noche, la promiscuidad de sexos y la mezcla de edades tiernas y adultas calentaban sus ánimos, apagando todo el sentido del pudor, daban comienzo los excesos de toda clase, pues todos tenían a mano la satisfacción del deseo al que más le inclinaba su naturaleza […].

Una vez los misterios hubieron asumido aquel carácter promiscuo, con los hombres mezclados con las mujeres en licenciosas orgías nocturnas, no quedó ningún crimen y ninguna acción vergonzosa por perpetrarse allí. Se producían más prácticas vergonzantes entre hombres que entre hombres y mujeres. Quien no se sometiera al ultraje o se mostrara remiso a los malos actos, era sacrificado como víctima. No considerar nada como impío o criminal era la misma cúspide de su religión. Los hombres, como posesos, gritaban profecías entre las frenéticas contorsiones de sus cuerpos; las matronas, vestidas como bacantes, con los cabellos en desorden, se precipitaban hacia el Tíber con antorchas encendidas, las metían en las aguas y las sacaban aún encendidas, pues contenían azufre vivo y cal. Los hombres ataban a algunas personas a máquinas y las echaban en cuevas ocultas, y se decía por ello que habían sido arrebatadas; se trataba de quienes se habían negado a unirse a su conspiración, tomar parte en sus crímenes o someterse a los ultrajes sexuales. Era una inmensa multitud, casi una segunda población, y entre ellos se encontraban algunos hombres y mujeres de familias nobles.

Habría que haberle visto la cara a Espurio Postumio Albino, de profesión cónsul de Roma, cuando se encontró con semejante pastel en el 186 a. C. «Una inmensa multitud» de ciudadanos libres, «casi una segunda población» de la capital, se daban citan regularmente en el bosque de Simila, cerca del Aventino, y al abrigo de la noche se entregaban secretamente a estos «excesos de toda clase» que cuenta Tito Livio, tan prudente él con los adjetivos.

No cuesta mucho imaginar la escena, ¿verdad? No después de aquella Calígula que escribió Gore Vidal, por ejemplo, con todo aquel felpuderío setentón al compás de Prokófiev, o después del Satiricón que hizo Fellini. O de toda la pornografía rasa que se ha ambientado en la era romana, sin ir más lejos, animada precisamente por episodios históricos como el de estas bacchanalia, que hoy llamamos bacanales, convertidas casi en la metonimia misma del estilo de vida en aquella civilización que duró más de mil años, en particular —y equivocadamente— cuando se trata se glosar su final. Ahí están, si no, los cuadros de Alma-Tadema, de Levêque o de Couture, que cuando quiso pintar sus Romanos de la decadencia en 1847 no se rompió la cabeza y las retrató a ellas enseñando los pechos bailongos, a ellos coronados de hojas de vid —lo que quiere decir que pedo como piojos— y revolcándose afanosamente los unos con los otros.

Lo sencillo sería decir que exageramos confiriéndoles a los romanos esta reputación, pero es que según Tito Livio, bastante más romano él que cualquiera de los presentes, no solo no exageramos, sino que hasta podríamos quedarnos cortos. En el siglo II a. C., escribió en sus Ab Urbe condita libri —los Libros desde la fundación de la Ciudad, que así es como tituló originalmente su Historia de Roma—, incluso muchos patricios de noble cuna le habían cogido el gusto a las bacanales, reuniones tres en uno de botellón, misa y cruising en el bosque que se celebraban en honor al dios Baco por celebrarlas en honor de alguno, más que nada, ya que allí, según el historiador, se iba fundamentalmente a lo que se iba. Cuando el mondongo llegó a oídos de la República, la suma sacerdotisa de estas bacanales, una tal Paculla Annia, había tenido que cambiar ya el rito para acomodar el aforo de la capital y celebrarlas no tres veces al año, como empezó haciéndose, sino cinco veces al mes. Tito Livio cuenta que, cuando el Senado las prohibió ese mismo año, descubrió que estaban en el ajo siete mil ciudadanos, de los que podría haberse ejecutado a seis mil. Que se dice pronto.

Pero los hechos son una cosa, como todo el mundo sabe, y otra bien distinta las interpretaciones. La razón del éxito de estas bacanales no está, como dice el historiador, en que los allí reunidos fueran, sin más, más marranos que el agua de fregar. La causa de semejante congregación la explicó y muy bien san Juan de la Cruz, por citar el ejemplo que nos pilla más cerca, cuando su esposa del Cántico espiritual habló de ir a amar al esposo mejor «al monte o al collado, do mana el agua pura» y a entrar «más adentro en la espesura»: no hay amor más perfecto que el que acontece entre el follaje, valga la redundancia, y con el primero que pase, en particular cuando lo que uno pretende con ese amor es hacérselo al mismo dios. Es algo en lo que han coincidido reveladoramente los místicos —aquellos que buscan la unión en vida con el dios— de todos los siglos y religiones, desde San Juan de la Cruz a los pitagóricos griegos, y que los bacantes de Roma se tomaban con bastante más literalidad que la mayoría, seguramente, porque unirse a un dios no solo no era algo herético —«no considerar nada como impío […]  era la misma cúspide de su religión», nos explica Tito Livio—, sino porque, además, los latinos eran gente animista, lo que funde en uno los conceptos mismos de naturaleza y divinidad.

Las tinieblas son sagradas

Para entender la entidad religiosa de las bacanales, sin embargo, hace falta irse a Grecia y rebobinar varios siglos en la historia hasta el momento legendario —fíjense si habremos rebobinado— en el que el músico Orfeo paseaba una buena mañana por los montes de Tracia y un grupo de bacantes, mujeres todas entregadas al culto a Dionisos —el correlato griego de Baco—, le propusieron allí yacer como yacían las bacantes, que era con mucho arrebato y mucha pasión y muy como Demi Moore en Acoso, para hacernos una idea. Orfeo rechazó la oferta, bien porque había jurado castidad tras su intento fallido de rescatar a Eurídice del Hades, según la versión del mito más extendida, bien porque «para los pueblos tracios fue el autor de transferir el amor hacia los tiernos varones», según reseña Ovidio en las Metamorfosis, e incluso porque fuera hijo, sacerdote, discípulo o amante del mismísimo Apolo, un dios enfrentado a Dionisos en el plano cosmogónico. El caso es que las bacantes —o ménades, ninfas que adoraban al mismo dios— se ofendieron, lo sometieron al sexo igualmente y acabaron despedazándolo.

Pura ficción, claro. De hecho, Orfeo es un personaje que muchos paleolingüistas e historiadores creen haber encontrado en textos teológicos de varias civilizaciones indoeuropeas, entre ellas el Poema de Gilgamesh y el Mahábharata hindú, de modo que sería ingenuo considerar que su legendario asesinato tuviera algo que ver, aunque fuese remotamente, con un hecho real ocurrido en Tracia. Para acabar de rematar la sospecha de que estamos ante una ficción elaborada ex profeso, la historia de su muerte —que no mencionan los autores más antiguos, como Homero o Hesíodo— es la anécdota mítica en la que se fundamentó el orfismo, un culto mistérico al que se atribuye si no la invención de las bacanales, sí su perpetuación a través de los siglos. Fuese litúrgicamente y delegando el rito en símbolos —que es lo que harían los orfistas en sus ritos mistéricos— o de modo más o menos literal —y en este caso muchos autores prefieren atribuirlo al dionisismo, un culto emparentado estrechamente con el orfismo—, una bacanal no consiste más que en  escenificar la muerte del legendario poeta a manos de las sacerdotisas de Dionisos.

Según Eurípides, que habría conocido el rito de primera mano durante su exilio en Macedonia, este constaba antiguamente de tres partes, o así es como lo retrató en su tragedia Las bacantes. La primera era la oribasia, el retiro de las mujeres al monte para celebrar orgías sagradas, algo que conocemos también a través de la propia religión olímpica dominante, que en algunas de sus antiguas fiestas religiosas agrarias —las Leneas áticas o las Thyiadas en Delfos— conservaba vestigios de este ritual órfico. La segunda parte de la bacanal, cuando las bacantes son presa ya del paroxismo y el frenesí —algo que los expertos de hoy no saben si achacar al sexo, la droga o la sugestión, cuando no a las tres a la vez— es el diasparagmos, el sacrificio de un animal, normalmente una cabra que representa a Dionisos a través de su relación con el dios Pan y que conmemora la muerte de Orfeo. La tercera y última es la homofagia, la ingesta de su carne cruda. En Las bacantes Eurípides pone en boca del mismísimo Dionisos la naturaleza hermética del culto en su honor —«está prohibido que los mortales no iniciados» lo conozcan, especifica el personaje— y la condición nocturna de sus ritos: «Las tinieblas», le dice el dios, «son sagradas». El secreto, en otras palabras, era consustancial a las bacanales.

Pese al oscurantismo con el que trató Tito Livio la llegada a Italia de estas celebraciones —que comenzaron, según él, «con la llegada a Etruria de un griego de bajo nacimiento»—, en realidad es lo menos enigmático de todo el asunto. Fue en las colonias helenas en Italia, en la Magna Grecia y Sicilia, donde el orfismo acabó sobreviviendo a la regresión que experimentó en Grecia durante la época clásica y a los posteriores episodios de persecución. De hecho el prófugo religioso más célebre de la época, Pitágoras, eligió Crotona para refundar en cierto modo esta religión, cuya doctrina incorporó al pitagorismo del que sería epónimo y en el que conjuró ciencia y razón, filosofía y el culto esotérico a Orfeo. Estamos en el año 522 a. C., a solo trece años y seiscientos kilómetros de la expulsión en Roma de Tarquinio el Soberbio y de la reconversión de la ciudad en una próspera república. Lo de los siete mil romanos haciendo el guarro en el Aventino ocurrió poco más de trescientos años después, que en esta cronología de milenios es como decir un plis.

Roma sí paga a traidores

A Tito Livio, de hecho, conviene no hacerle tampoco demasiado caso porque los cronistas romanos de la época tenían el tic de aquello que no supieran, inventárselo. Para ellos la historia no era una disciplina académica sino fundamentalmente política y recordar, para más funfún, que aunque el episodio de las bacanales ocurriera en el 186 a. C., los Ab Urbe condita libri donde lo describe se empezaron a publicar en el 27 a. C., justo cuando Roma se convirtió en imperio. Estamos en la misma época, para hacernos una idea, en la que Augusto, el primer emperador, le encargó a Virgilio una gran epopeya fundacional —la Eneida— que otorgase a Roma una misión trascendente en el mundo, el famoso imperium sine fine, que justificase a su vez el sistema imperial. La Historia de Roma de Tito Livio, en otras palabras, empalma con la Eneida y cuenta la historia romana desde Eneas vendiendo la burra política que se impuso en la transición imperial. En este caso se trataba de asegurar que Roma había sufrido en el pasado una epidemia moral de enormes proporciones cuya reedición podría atajar con más facilidad un emperador que una lenta y burocrática cámara de gobierno.

Sin embargo el propio texto de Livio, de finales del siglo I a. C., traiciona esta dramatización moralista de los hechos al consignar las razones que el cónsul Postumio expuso ante el Senado en el 186 a. C. para atajar las bacanales, que fundamentalmente aludían al tamaño de la convocatoria, a su carácter secreto y a su condición subversiva. «A menos que toméis precauciones», clamó ante los senadores entonces, «a esta asamblea convocada legalmente por un cónsul a la luz del día se enfrentará otra que se reúne en la oscuridad de la noche». Por una copia que se encontró en 1648 y que se expone hoy en el Museo de Historia del Arte de Viena, sabemos también que cuando la cámara decretó su feroz Senatus Consultum de Bacchanalibus para neutralizar las bacanales, en realidad no prohibió la promiscuidad ni el consumo de psicofármacos en Roma, sino la reunión de más de cinco bacantes.

Es más: una de las grandes benefactoras de la represión de estas celebraciones, a la que Roma recompensó después con 100.000 ases y privilegios políticos, fue una prostituta liberta de nombre Fecenia Hispala. Fue ella quien delató a los bacantes ante los cónsules cuando su amante, un muchacho libre llamado Publio Ebucio, iba a ser iniciado en los misterios de Baco. Tito Livio nos cuenta que a ella, que participó siendo joven en las bacanales, le espantaban los «ultrajes inconcebibles» a los que se vería sometido él, y así ambos acabaron denunciando las celebraciones secretas ante el mismísimo cónsul. ¿Eran tan terribles estos ultrajes? Seguramente no. Para empezar, era la propia madre de Ebucio quien pretendía iniciarlo en el culto y sabemos que incluso la suma sacerdotisa de Baco había iniciado a los suyos, Minio y Herenio Cerrinio, en los misterios. Fuese una maniobra interesada o simples celos —tratándose de romanos podemos descartar el fanatismo religioso—, lo cierto es que la delación de Fecenia Hispala desató el horror en Roma. «Hubo un gran pánico en toda la ciudad, y no solo confinado a los límites de Roma, pues el terror se diseminó por toda Italia», cuenta Tito Livio. «Muchos fueron cogidos tratando de escapar y traídos de vuelta por los guardias apostados en las puertas. Otros, hombres y mujeres, se suicidaron. Se dijo que en la conspiración había implicadas más de siete mil personas».

Como explica Antonio Escohotado sobre este asunto en su Historia general de las drogas, el verdadero interés de estos hechos radica en el empeño puesto en la Roma imperial en declarar las bacanales «peste moral» y «crimen contra la salus publica» y justificar así el mecanismo para atajarlo, «que parece basado en el derecho y la razón civil, pero desencadena una suspensión general de la juridicidad y el raciocinio en favor de métodos simplemente fulminatorios». No mucho tiempo después Roma, hasta entonces un pueblo más bien tolerante cuando se trataba de la vida privada de las personas, desplegaría estos mecanismos que legitimó en su represión de los bacantes en una persecución que los milenios hicieron bastante más conocida: la de los cristianos. Unos adoraban a Cristo con solemnidad y los otros a Baco en fiestas de vino, sexo y promiscuidad, pero ambos recibieron el mismo trato. En el fondo, queda claro, no estamos hablando de cosas tan distintas.

Sortida a Tarraco i teatre

Torre del Pretori

El dimecres 18 d’Abril un grup d’alumnes de 1r  de Batxillerat,  que cursem l’assignatura de Llatí , vam anar a visitar la ciutat de Tarragona. Pel matí vam fer un itinerari acompanyats pels nostres professors Xavier Ayllón i Rosa Escuer. Per la tarda vam veure una comèdia de Plaute al  teatre Tarragona , era una obra  que es titulava Aulularia.

Amb la frase Tarraco Scipionum opus (Tàrraco fou obra dels Escipions), Plini, a finals del segle I dC, ens remunta al moment fundacional de la ciutat. En efecte, Tàrraco sorgeix arran de l’arribada dels exèrcits romans a la Península Ibèrica el 218 aC, en el marc de la confrontació bèl·lica entre romans i cartaginesos, l’anomenada Segona Guerra Púnica. Aquest cos expedicionari romà va desembarcar a la ciutat grega d’Empòrion per dirigir-se, des d’allà, ràpidament cap al sud amb la finalitat de controlar les terres al nord de l’Ebre. Les tropes romanes estaven comandades per Gneu Escipió, al qual s’hi va afegir, un any més tard, el seu germà Publi Corneli. Gneu, després de vèncer en un primer combat els cartaginesos, va deixar una petita guarnició que poc temps després es va transformar en la principal base militar romana a Hispània i a la ciutat de Tàrraco. Aquest primer assentament romà es trobava molt pròxim a un oppidum ibèric fundat a final del segle V aC i arqueològicament documentat recentment.

La ciutat republicana de Tàrraco va ser possiblement un nucli bifocal, amb el campament militar a la part alta i l’àrea residencial a l’entorn del poblat ibèric i el port. La consolidació urbana va ser ràpida. La presència militar estable va comportar l’arribada no només de soldats, sinó també de comerciants i ciutadans romans que van veure Hispània com una terra que els oferia noves oportunitats. Però l’arribada dels romans no tan sols va suposar l’arribada de gent, sinó també d’influències i d’una nova cultura que, amb el temps, va acabar per imposar-se amb més o menys èxit, segons la zona, a tota la Península Ibèrica. Una de les principals infrastructures sobre les quals es va cimentar Tàrraco fou, sense cap dubte, el port, que vam veure des de dalt del Balcó del Mediterrani.

Malgrat tot, l’edificació romana més antiga i més ben conservada d’època republicana és la muralla. En un primer moment hem d’imaginar-nos-la com una simple palissada de fusta que degué protegir la guarnició militar. La victòria romana sobre els cartaginesos i la incorporació d’Hispània a l’Estat romà va accelerar el procés de consolidació de les defenses. La construcció de la primera muralla de pedra, datada arqueològicament a inicis del segle II aC, s’ha relacionat amb la divisió provincial de 197 aC. Vam recórrer una part de la Muralla i vam veure in situ les torres de defensa, com la torre de l’Arquebisbe o la torre de Minerva.

L’opinió més estesa és que, a l’entorn del període comprès entre els anys 150 i 125 aC, la muralla va patir una transformació important i va créixer en extensió, altura i amplada. D’aquesta manera, va passar a encerclar el nucli urbà.

Tàrraco va créixer de forma accelerada durant els segles II i I aC, i es va convertir, juntament amb Cartago Nova, en la ciutat més important de la Hispània Citerior. Cèsar hi va reunir els seus llegats durant la guerra civil contra Pompeu. Gràcies a la lleialtat mostrada pels tarragonins, Cèsar li concedí el títol de Colònia.

Va ser durant els anys 26 i 25 aC quan Tàrraco va adquirir una rellevància més gran com a ciutat, en convertir-se en la capital del món romà. En efecte, durant aquests anys, August va residir a la ciutat i hi va dirigir les campanyes contra càntabres i àsturs. Gràcies a la presència militar, Tàrraco es va consolidar com a capital de la Hispània Citerior, i va rebre un fort impuls urbanístic, una mostra del qual és el teatre i la monumentalització del fòrum local.

Durant el segle I aC la ciutat va créixer i es va consolidar. L’any 68, Neró va ser assassinat. Es va iniciar un període de convulsions en tot l’Imperi per una sagnant guerra civil. El general romà Galba va ser nomenat emperador per les legions romanes hispanes, mentre que en d’altres parts de l’Imperi van sorgir altres pretendents a emperador. Mort Galba, les províncies hispanes van donar suport a Vespasià, que va ser qui finalment va arribar al poder. S’iniciava així la dinastia flàvia i un moment de gran esplendor per a les províncies hispanes. Gràcies al suport prestat a la causa, Vespasià els concedí els Ius Latii, a l’entorn de l’any 73. A partir d’aquell moment tots els hispans foren considerats ciutadans romans de ple dret amb tot el que això significava. Així mateix, els nuclis més importants de població, molts dels quals encara mantenien l’estatus sorgit en el moment de la conquesta, es van convertir en municipis. Tot això va comportar la necessitat de crear una nova administració que s’adeqüés a aquesta nova realitat. Van sorgir així, sobre la base creada per August, unes importants xarxes administratives que tenien com a nuclis rectors les capitals provincials. D’aquesta manera, Tàrraco, com a capital de la Hispània Tarraconensis o Citerior, va disposar de dos fòrums: un de colonial i un altre de provincial. Al Fòrum provincial se li va afegir uns anys més tard el circ, i es va completar el conjunt municipal estatal. Durant la visita al circ vam poder gaudir d’un edifici molt ben conservat en relació a altres de l’Europa Romana, amb una volta espectacular i una capçalera en molt bon estat. Al costat del circ vam visitar el museu d’Història i l’Arqueològic, on un vídeo didàctic ens va resumir la visita.

Durant el segle II la ciutat va arribar a la màxima expressió gràcies a la construcció del darrer dels grans edificis d’entreteniment: l’amfiteatre. En aquest edifici ens vam aturar una bona estona, on el professor Xavier Ayllón ens va fer una explicació de la seva arquitectura i funcionalitat.

Tàrraco, com la majoria de centres urbans d’Hispània, va ser objecte de les incursions que els francs realitzaren a mitjans del segle III. Segons ens explicava el nostre professor , i sembla que ho corrobora l’arqueologia, la ciutat va ser devastada l’any 260 dC, i en va resultar especialment afectada la zona d’hàbitat. Després d’un període d’incertesa que va representar bona part del segle III, la ciutat va recobrar el seu dinamisme a partir, especialment, de la recuperació general que va suposar l’adveniment al poder de Dioclecià i de la tetrarquia que es va establir l’any 285. A partir d’aquesta data i amb continuïtat durant la primera meitat del segle IV, la ciutat es va revitalitzar tal com ho manifesta la construcció de nous edificis públics, el manteniment dels espectacles, l’amfiteatre o la restauració d’edificis públics d’època de l’Alt Imperi. Amb tot, Tàrraco no es va escapar de la dinàmica de transformació social, política i econòmica que va alterar la fisonomia de molts centres urbans d’occident.

Un element imprescindible per a la ciutat tardana de Tàrraco va ser sens dubte el cristianisme i la seva implantació. S’han transmès fins avui les actes martirials del bisbe Fructuós i els diaques Auguri i Eulogi, que foren objecte de persecució i mort l’any 259. El lloc de la sepultura es va acabar convertint en el centre eclesiàstic de Tàrraco, a partir del segle V, amb la construcció d’una gran basílica funerària amb edificis annexos, entre els quals un baptisteri. Aquesta església, emplaçada als antics suburbis de Tàrraco i amb proximitat al riu Francolí, va generar la construcció d’altres edificis eclesiàstics, com una segona basílica, molt propera a la primera, que disposava d’un atri i edificis agraris que s’hi vinculaven. L’anomenada necròpoli paleocristiana que rodeja l’àrea constitueix un dels conjunts funeraris cristians més ben documentats de l’Europa occidental. Degut a que es trobava molt lluny del centre , no la vam poder veure. Tot aquest suburbi cristià va acabar esdevenint un centre important i dinàmic de Tàrraco.

La documentació escrita des de l’inici del segle V ens mostra una Tàrraco que mantenia estructures socials complexes, en què el bisbe metropolità era el defensor de l’ordre establert, en un imperi en què Christianitas era sinònim de romanitas. Cal destacar, a més, la presència a la ciutat del Comes hispaniarum.

Tàrraco va continuar sent una de les principals metròpolis hispanes durant la monarquia visigoda, fins que el panorama va canviar radicalment amb la conquesta de la ciutat per part d’exèrcits islàmics cap a l’any 713 i la seva incorporació a Al Andalus. A partir d’aquest moment la ciutat entra en un llarg i obscur període que no va concloure fins a la conquesta impulsada pels comtes catalans al segle XII i que va suposar el restabliment de la seu metropolitana a Tarragona.

El dia va ser esgotador però molt reconfortant, ja que vam conèixer una ciutat encantadora i vam veure la seva evolució d’una ciutat clàssica a una ciutat moderna i oberta al mar. També vam gaudir amb la representació teatral d’una obra de teatre clàssic, que no estem molt acostumats a veure.

ALUMNES DE 1R DE BATXILLERAT

Capçalera del circ

la traducción, artículo aparecido en El País.

En Sodoma y Gomorra (cuarto volumen de En busca del tiempo perdido), la abuela de Proust declaraba su rechazo a una Odisea en la que los nombres de los dioses no aparecieran en su forma latina en vez de la correspondiente griega. Hoy día una traducción de las obras de Homero en la que figurara Minerva en lugar de su homóloga griega Atenea haría que la mirásemos con recelo, pero para la abuela de Proust ese era el rasgo que la reconfortaba frente a modernos traslados que apostaban por emplear la versión griega de los nombres de los dioses: audacias de los nuevos tiempos y de unas traducciones que no le proporcionaban la confianza de aquella cuya lectura la acompañaba desde siempre, porque cada generación cuenta con su propia traducción de los clásicos.

El hecho traductor es tan antiguo como las ruinas de Babel, pero la traducción artística nació en Roma allá por el siglo III a. C. de manos de un prisionero de guerra llamado Andrónico procedente de las ciudades griegas del sur de Italia. Convertido en liberto con el nombre de Livio, Andrónico puso en latín los versos de la Odisea, cuyos primeros compases sonaban así: “Virum mihi, Camena, insece versutum” (“Dime de aquel varón suave Musa”, según la Ulyxea del siglo XVI debida al secretario de Felipe II, Gonzalo Pérez; o “Háblame, Musa, del hombre de múltiples tretas”, en la versión de Carlos García Gual).

Con la Odisea de Livio Andrónico comenzó no solo la historia de la traducción artística, sino también de la épica latina, que tuvo su cumbre en otro gran clásico de la literatura universal: la Eneida de Virgilio, que bebía en la forma y en el fondo de la Iliada y la Odisea homéricas. Gracias a Virgilio, el prestigio del viejo Homero llegó intacto al Renacimiento, pero no así su obra, que a duras penas podía ser reconocida a través de las narraciones sobre Troya que atravesaron el medievo. Dante podía ensalzar a Beatriz mediante el verso homérico “No parecía hija de un hombre mortal, sino de Dios” y presentar a Homero como “poeta soberano” en el primer círculo infernal de su Divina comedia, pero no podía leer ni en original ni en traducción la obra del aedo ciego. La misión de devolver los poemas de Homero a la cultura europea fue asumida por Petrarca y Boccaccio, quienes tras conseguir una copia manuscrita de los poemas se pusieron en contacto con Leoncio Pilato, un monje calabrés que se hacía pasar por griego. A él se debe la prima traslatio europea —al latín— de la Iliada y la Odisea. Aunque conscientes de las deficiencias de la versión del impostor calabrés, Petrarca y Boccaccio se arrogaron el redescubrimiento del verdadero Homero, y durante todo el Quattrocento la traducción al latín de sus dos obras se convirtió en objetivo del humanismo. Ello supuso el despegue de las aladas palabras homéricas a las diversas lenguas nacionales, convirtiéndose en una presencia constante en sus literaturas.

Cada traducción se inscribe necesariamente en un tiempo histórico concreto y pone de manifiesto el papel que un determinado clásico puede desempeñar en la cultura que lo recibe. Como la naturaleza oral de la poesía de Homero conllevaba la repetición de largas tiradas de versos o el empleo de epítetos fijos en lugares determinados, estas características fueron sentidas como flagrantes fallos de estilo en un periodo, el neoclásico, que se mostraba férreamente estricto en los aspectos formales. A ello se sumaban las particularidades del universo homérico, que contemplaba situaciones inaceptables para el guion cultural de la época: que un rey troceara con sus propias manos animales de corral o que los compañeros de Odiseo, héroes de Troya, fueran transformados en cerdos por la maga Circe convertían a Homero en un autor literario sin goût ni delicatesse, por lo que los traductores se sentían autorizados a embellecer sus traslados. Este fenómeno, conocido en Francia como el de les belles infidèles, presidió la mayoría de las versiones homéricas entre los siglos XVII y XIX. En España, Antonio de Gironella sembró su Odisea (1851) con notas como esta en la que justifica la traducción de “lechón” en lugar de “cerdo” en el episodio de Circe: “He procurado poner el nombre menos repugnante del animal escogido por Homero. ¿Por qué no tomaría el ciervo, la ardilla u otro de tantos seres agraciados de la naturaleza, sin ir a buscar el más inmundo?”. “Sagrada basura, aunque cocinada por Homero”, llegó a escribir el conde de Roscommon en un ensayo sobre la traducción.

Las lenguas clásicas deben ser rescatadas si no queremos convertirnos en un país de grandes traductores de traductores de Homero

Todo lo contrario va a ocurrir en el siglo del Ulises de Joyce, el siglo en el que Machado declaraba en sus Proverbios y cantares que en su infancia soñaba con los héroes de la Iliada, y Baroja modelaba sobre la escena de despedida entre Héctor y Andrómaca (canto VI de la Iliada) la despedida entre Catalina y el aventurero Zalacaín. En el siglo XX tanto el universo heroico de Homero como su lenguaje expresivo tenían cabida en un mundo que se rebelaba contra lo estático y aspiraba a renovar el lenguaje emergiendo sobre las ruinas del lenguaje anterior. De esa pulsión surgieron en España las versiones en prosa de Luis Segalá, que rompía con las traducciones del XIX y se caracterizaba por su lenguaje inusual y un acento modernista (“cornígero”, “longividente”, “tornátiles”, “solípedos”…). El hecho de que estuviera en prosa ya marcaba distancias con toda la tradición anterior.

¿Prosa o verso? Antes del siglo XX no existía tal cuestión: la Iliada de Hermosilla o la Odisea de Baraibar estaban traducidas en endecasílabos. Pero a partir de la pasada centuria, la traducción de los poemas de Homero (poesía, sí, pero narrativa) ha gozado en todas las lenguas de múltiples posibilidades de plasmación: el empleo de prosa rítmica o de versos creados que remedan la versificación original, el uso de metros consagrados por la tradición, prosa que respeta la disposición en verso del original, y así hasta conformar esa “galería internacional de obras en prosa y verso” que, gracias a su “oportuno desconocimiento del griego” eran para Borges las versiones homéricas.

Cada época cuenta, o debería contar, con su traducción de los clásicos, pues es a través de las traducciones como los lectores ocupamos el puesto que nos corresponde en la cadena de transmisión del humanismo que estos contienen. Otros países de cultura así lo entienden: es de envidiar que en lengua inglesa haya aparecido una decena de traducciones de la Odisea en las dos últimas décadas, siendo Emily Wilson la última en prestar la voz de nuestro tiempo al poeta que puso los cimientos de la literatura occidental. Pero para que en nuestro país se produzca la renovación de estos motores del humanismo y del pensamiento es necesario que las lenguas clásicas sean rescatadas del ostracismo, si no queremos convertirnos en un país de excelentes traductores de los traductores de Homero.

Óscar Martínez es traductor de Homero (La ‘Iliada’, en Alianza Editorial). Preside la delegación de Madrid de la Sociedad Española de Estudios Clásicos.

Aquil·les

Aquil·les va ser fill de la Deessa Tetis i del mortal Peleu. Va ser un dels grans herois de la mitologia grega, de tots els que van lluitar a la guerra de Troia. Aquil·les va romandre amagat durant un temps a la cort de Litodemes disfressat de dona, durant aquest temps es va enamorar de la filla de Litodemes i van tenir un fill, anomenat Neoptòlem. Aquil·les va ser descobert per Ulisses, que es va fer passar per un mercader, entre la mercaderia va exhibir una armadura i l’únic home  que es va interessar per aquella armadura va ser Aquil·les. Des d’aquest moment Aquil·les i Ulisses van partir a la conquesta de Troia, Aquil·les com a cap dels Mirmidons i acompanyat del seu amic Pàtrocle.En la guerra de Troia, Hèctor va matar  Pàtrocle pensant que era Aquil·les. Ja que l’amistat entre els homes era una virtut i un veritable ideal, Aquil·les s’enfurisma i lluita amb Hèctor el qual va matar i arrossegar amb el seu carro pels voltants dels murs de Troia, sense deixar que tingués els seus ritus funeraris. Primer el pare d’Héctor va demanar a Aquil·les que li tornés el cos del seu fill per poder  fer els ritus funerals que es mereixia, Aquil·les accepta i li va tornar el cos d’Héctor.

La guerra amb Troia continua i Paris l’altre fill de Príam, amb l’ajuda d’Apol·lo, van ferir  Aquil·les al taló, únic punt vulnerable.

Gemma León i Tort, 1r batxillerat M

Un archéologue estime avoir identifié la tombe d’Aristote

Vingt ans après le début de ses recherches au nord de la Grèce, le chercheur Konstantinos Sismanidis prétend avoir situé, «avec quasi-certitude», la sépulture du philosophe et disciple de Platon.

La terre grecque va-t-elle enfin livrer tous ses secrets? Jeudi 26 mai, l’archéologue Konstantinos Sismanidis a indiqué avoir retrouvé l’endroit où a été édifié la sépulture d’Aristote, comme le relate le New York Times.

Le chercheur qui a fait cette annonce à Thessalonique à l’occasion du 2400ème anniversaire de la naissance du philosophe, est «pratiquement certain» que la tombe du disciple de Platon se situe, non pas à Chalcis comme l’ont toujours affirmé ses confrères, mais à Stagire, ancienne cité macédonienne où le philosophe est né en 384 avant J-C.

Konstantinos Sismanidis affirme que les indications qu’ils possèdent sont «solides». «Nous avons retrouvé sa tombe», a affirmé l’archéologue lors de la conférence mondiale, réunissant les plus grands spécialistes vivants d’Aristote. «Nous avons également retrouvé l’autel dont il est fait mention dans les anciens textes, tout comme la route qui avait été empruntée pour aller jusqu’à la tombe du philosophe, tout près de l’ancien marché de la ville», a ajouté l’archéologue, sur la piste d’Aristote depuis près de vingt ans.

Un festival en son honneur?

Aussi, l’archéologue, qui s’est basé sur de nombreux textes pour étayer ses recherches, a précisé que les cendres du philosophe avaient été ensevelies à l’endroit même où un monument avait été dressé à sa gloire. Aristote était en effet, traité comme un véritable messie dans sa cité natale.

Et Konstantinos Sismanidis d’ajouter: «Stagire avait été détruite par Philippe II de Macédoine et Aristote était parvenu à convaincre le roi de le laisser reconstruire la cité, de rédiger ses lois et son système de gouvernement. En remerciement, ses concitoyens avaient alors décrété du vivant du philosophe de réaliser chaque année des célébrations et des festivals en son honneur.»

De là à justifier l’emplacement de la tombe du «père de la métaphysique» à Stagire, sous un monument érigé à sa gloire plutôt qu’à Chalcis?

Né en 384 avant J-C à Stagire, et mort en 322 avant J-C à Chalcis, mais enterré sur ses terres de Stagire si l’on en croit cette thèse, Aristote fut l’un des penseurs les plus influents de l’histoire de la philosophie. Logicien et précepteur d’Alexandre le Grand, le philosophe reconnu pour ses analyses politiques ainsi que ses thèses ontologiques (Catégories) et théâtrales dans son recueil Poétique a profondément innervé la pensée occidentale.

Gastronomia romana

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